Resiliencia vs Fortaleza


 

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25-nov-2016 14:06:49 / por Jorge Llaguno Sañudo 

Cuenta una vieja leyenda china que a la orilla de un río, y bajo la sombra de un fuerte roble, crecían unos pequeños juncos. Cada vez que los animales bajaban a beber al río, pisaban los juncos y rompían varios. En cambio, por más que frotaran sus astas en el grueso tronco del roble, éste permanecía incólume. Los juncos, los lirios y los pastos admiraban al roble por su tamaño y por su fuerza. El roble compadecía a los juncos, a los que veía como pequeños y frágiles. Muy en el fondo, los despreciaba un poco por esto.

Pero un mal día el cielo se nubló y sobrevino una tormenta como no había azotado otra en mucho tiempo. Enormes relámpagos iluminaban la noche. El viento soplaba con fuerza descomunal. Su aullido se elevaba por encima de la tormenta. Azotaba las frondosas ramas del roble y doblaba los juncos hasta pegarlos por completo al suelo. El roble aguantaba el embate de la tormenta… hasta que se resquebrajó. Era tanto su follaje y tal la rigidez de su tronco, que la fuerza del viento lo partió a la mitad y el grueso y fuerte árbol cayó al suelo con un gran estruendo. Al día siguiente, cuando el sol iluminó el río, los pastizales y los juncos seguían ahí. Se habían doblado hasta el suelo con el viento pero habían recuperado su forma después. El roble, en cambio, yacía inerte en el suelo.

Fortaleza no es dureza, ni inflexibilidad: como al roble, ser incapaces de adaptarnos ante los embates del entorno, puede terminar por destruirnos. En cambio, la aparente debilidad de los juncos se convierte en su principal cualidad para superar la tormenta. Esto es lo que ahora se conoce como“resiliencia” un término que la psicología adoptó de la tecnología de materiales y que describe la capacidad de una persona de regresar a su estado original, después de sufrir adversidades y reveses emocionales. Los juncos, en su aparente fragilidad, resultan más resilientes que el roble y sobreviven.

Para los griegos, la virtud de la fortaleza se componía de dos grandes capacidades: la de acometer y la de resistir. Acometer es saber enfrentar retos y pelear las batallas que valen la pena ser peleadas. Acometer no es atacar, hostigar o conquistar los retos a pesar de los demás. De forma semejante, resistir no es ser invencible e inamovible, ni es tampoco resignarse ante los embates de la vida. Resistir es saber aceptar los reveses, las pruebas y los sufrimientos como algo que nos transforma, pero que no nos determina.

No es que el concepto de resiliencia sea nuevo, ni que sea un mejor descriptor de la fortaleza, de aquel que tenían los griegos, sino que el significado del “acometer” y del “resistir” se ha desdibujado con el tiempo, debido entre otras muchas cosas, al retrato que han pintado los medios y la cultura en general sobre éstos. Es común, cuando se habla de una persona explosiva o inflexible describirla como poseedora de un “gran carácter” o de tener una “personalidad fuerte”. Esto es un eufemismo: en realidad,quienes gritan, alzan la voz o manifiestan desplantes de ira y enojo, no son fuertes en lo absoluto: son terriblemente débiles y frágiles, al punto que no pueden gobernarse ni a si mismos. Detrás de un gran enojo, existe una profunda tristeza, o mucho miedo.

Por el otro lado, “resistir” o “aguantar” parece ser condición de pusilanimidad. Quienes soportan a los que gritan, lejos de ser vistos como fuertes, aparecen cómo resignados y oprimidos. Los vemos como el roble veía a los juncos: con cierta compasión. Saber soportar a una persona que no tiene gobierno de su ira, requiere mucha templanza. Máxime si pongo en perspectiva mi relación laboral, la relación costo – beneficio de la pugna, etc. No todos los que “bajan la cabeza” ante un jefe muestran debilidad. Quizá realizan un acto supremo de prudencia y humildad.

El problema grave ocurre cuando las personas que recurren al grito y al golpe en la mesa encuentran que sus deseos son cumplidos. Aprenden a creer con firmeza que “es la única forma de hacer trabajar a los demás” y perpetúan su estilo basado en berrinches: sus métodos funcionan pues amedrentando o atemorizando a quien no tiene poder, doblegan voluntades de forma temporal, pero generan resentimientos y anulan la capacidad creativa de su equipo: construyen organizaciones sumamente frágiles, en donde la gente aprende a no contradecir, a no innovar, a no adaptarse. Estas organizaciones suelen zozobrar ante el embate de las tormentas económicas.

No siempre el que calla es el más débil. No siempre el que grita más alto, es el más fuerte. A veces quien necesita demostrar ser fuerte es en realidad el más frágil y teme a cada instante verse roto en el suelo, mientras aquella persona a quien asumimos débil resulta ser quien soporta más y mejor. Ser capaz de aceptar nuestro dolor y llorar por él, es también un signo de fortaleza. Una persona fuerte no anula la tristeza, ni el miedo, ni es presa tampoco del enojo. Es fuerte precisamente porque acepta estas emociones y busca modularlas: transformarlas en impulso creativo y productivo.

Fortaleza es acometer y resistir. Es resiliencia: recuperarme después de la adversidad. Es una virtud que se adquiere con disciplina y hábito y que me permite precisamente modular mis pasiones, es decir, aceptarlas, entenderlas y transformar su energía en algo positivo. Intentar negar mis pasiones no es virtud: es debilidad. Dejarme llevar siempre por mis emociones no es espontaneidad, es debilidad. La virtud es fuerza. Su ausencia es fragilidad. Seamos acomedidos para saber pelear las batallas que deben ser peleadas. Seamos resilientes para saber recuperarnos ante el embate de la adversidad. Pero sobretodo, seamos resistentes para saber abrazar el sufrimiento que a veces me impone la realidad y transformar el dolor en crecimiento personal. Seamos fuertes.

Fuente: carlosllanocatedra.org

Saludos

Mario Meneses

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